Querido viajero joven

Por: Martín Montemurro (Director Austral MX)

He decidido escribir esta carta porque siento que te lo mereces, porque creo, con todo respeto, que vives en otro mundo. Necesitas saber cómo era esto y quizás te haga sentido. No fue hace mucho. Tengo 41 años y a mí me tocó estar en aquel sitio, vivir aquella época y siempre desde este lado del mostrador… te puedo asegurar que era feliz, por el simple hecho de hacer felices a mis viajeros… Si algo no entiendes, puedes preguntar a tus papás, tíos y abuelos viajeros, seguro me darán la razón ya que ellos sí conocieron el verdadero mundo de los viajes, eso que llamaban “la buena vida”.
Ellos pagaban un boleto de avión quizás más caro, pero cada centavo invertido (sí, invertido) valía la pena. Porque viajar era un verdadero lujo. Mira, si un día tenían que cambiar la fecha por algún motivo, cualquiera sea, no tenían que buscar la manera de llegar al CEO de la línea aérea a través de algún contacto para ver si les podía echar la mano, porque en el mismo centro de atención ( (“call center” pa que nos entendamos) les apoyaban, les atendían, les entendían y buscaban la manera de apoyarle siempre. Porque las maletas podían ser dos, ¡si, dos! Y de hasta 32 kilos cada una. Porque los asientos se elegían, adelante, atrás, al medio, sobre el ala… Sí, se elegían, ¡y no te los cobraban!. Y ni te cuento si viajabas en primera clase, ni se les ocurría mirarte de costado o tratarte de mala manera, y olvídate de que les cobrarían algo, cualquier cosa que te imagines, eran verdaderos privilegiados, verdaderos señores viajeros.
En aquellos tiempos en donde no se manejaba tanta información online y de todo tipo (porque también hay algunos sitios en donde se maneja buena “info”), había que ir a tomar un café con el agente de viajes, aquel que se las sabía todas, que emitía boletos a mano, sin temor a que le lleguen cargos incalculables por equivocarse en cortar un cupón. Aquel que tenía siempre la última palabra pero sin autoritarismo, sino porque dejabas en sus manos tu “buena vida”. Un consejero (en el sentido explícito y literal de la palabra, no un vendedor) que se especializaba en un rubro y te decía “este destino no lo conozco, pero voy a investigar sobre él”. El Agente de Viajes era “Tu Agente de Viajes”, te conocía, sabía tus gustos, si desayunabas fuerte, si preferías los cuartos amplios o la cercanía al centro… conversabas con él, le contabas tus ideas, te “peloteaba” las suyas, llegabas a un acuerdo, y lo dejabas en sus manos. Este hermoso proceso, podía llegar a durar dos o tres semanas… Luego, llegabas a tu hotel y tenías una carta (no un mail ni un whatsapp) que decía “que tengan un hermoso viaje” y tu botellita de vino local sobre la mesa…
En la era de “la buena vida” existía una palabra que HOY está de moda con las mujeres, con los perros y con los ciclistas, pero es muy poco usada en la práctica, y más, dentro de este rubro del turismo. RESPETO. Llegar a la conclusión de un viaje significaba construir una cadena de varios eslabones, al menos 5… Tu, tu agente de viajes, el operador mayorista, el operador receptivo, el hotel o el guía o el transportista… entre todos, había respeto, cada quien, desde el momento del inicio de una operación, ponía de su parte, se transformaba en miembro activo de un verdadero equipo. Llegabas a tu hotel, y ya sabían quién llegaría, con quien llegaría, que le gustaba, que odiaba, que prefería y todo este escenario estaba listo para llenar al viajero de emociones, mismas que pagarían todos y cada uno de los minutos y centavos invertidos (Sí, invertidos) en su experiencia. En aquellos tiempos, la línea aérea era la línea aérea y ¡no vendían de todo!… en aquellos tiempos, tu agente de viajes sabía perfectamente cuál era el “número 1 de 500 hoteles de Madrid para ti”.. en aquellos tiempos, quien operaba Europa, sabía de Europa, quien lo hacía en Sudamérica, sabía de Sudamérica, quien se especializaba en Cruceros, sabía de cruceros…
Querido viajero joven: No tengo la más mínima intención de hacerte sentir culpable por no respetar los canales, por no respetar el tiempo ni el trabajo de los Agentes de Viajes, por no confiar en las sugerencias, por comparar precios en infinitos sitios. No voy a pedirte que hagas lo que los demás no hacen contigo, solo sentí ganas y tuve la intención de contarte, porque te lo mereces, lo que pasaba en la era de “la buena vida”.

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