“La naturaleza es el orgasmo del alma”, nos dijo Glenn Jampol con una sonrisa franca mientras caminábamos entre los cafetales orgánicos de su finca. Y de pronto todo tuvo sentido. Esa frase, tan poderosa como poética, definió cada paso de nuestro recorrido por su finca. Finca Rosa Blanca, un lugar que no solo produce uno de los mejores cafés de Costa Rica, sino que también es un refugio de arte, sostenibilidad y belleza natural.
Esta visita ocurrió en el marco del Sustainable & Social Tourism Summit, y aunque tuvimos muchas experiencias memorables, conocer este rincón mágico fue, sin duda, uno de los grandes tesoros del viaje.
Glenn, artista, hotelero, ambientalista y anfitrión apasionado, nos abrió las puertas de su casa como si fuéramos viejos amigos. Recorrer su finca con él fue como entrar a un cuento contado en voz baja y con amor. Nos explicó cómo todo el proceso del café se lleva a cabo de forma artesanal: desde la recolección de las cerezas maduras hasta el molido y el empaque. Un proceso lleno de respeto por la tierra y por quienes la trabajan.
Y luego vino el privilegio: probar ese café en el mismo lugar donde nació. Fue como beber naturaleza líquida, con notas profundas, limpias y honestas.
Pero la magia no terminó ahí.
Lo que alguna vez fue solo un terreno adquirido por su madre en los años ochentas, hoy es también uno de los hoteles más pintorescos y artísticos que he conocido en muchos años de viajar. Cada rincón de Finca Rosa Blanca está lleno de arte. Las paredes están cubiertas con los cuadros del propio Glenn, y hasta la herrería del hotel tiene su sello creativo. Es un espacio que respira personalidad y amor por los detalles.
Sin embargo, nada me preparó para “El Cielo”, la habitación construida para su madre… y que hace honor a su nombre. Cuando entré, me sentí en un sueño: dos pisos de pura inspiración, una cama perfectamente posicionada frente a una gran ventana para ver el amanecer, un balcón inmenso que se abre hacia la naturaleza, y un jacuzzi que parece flotar en el bosque.
Ese lugar —tan cerca de San José pero lo suficientemente lejos para hacerte olvidar del mundo— me dejó pensando: ¿cómo sería despertar todos los días viendo a la nada y al todo?, ese simple pensamiento me llenó de paz. Mientras Glenn nos contaba historias de biodiversidad con los ojos brillando, como quien habla de su mayor amor. Aprendimos de plantas, aves, hongos, microclimas y conexiones invisibles que sostienen la vida.
Y mientras lo escuchábamos, el viento traía olor a tierra mojada y a café recién hecho.
Finca Rosa Blanca no es solo un destino. Es una declaración de principios. Es el ejemplo claro de que el turismo puede ser sostenible, hermoso y profundamente humano. Me fui con el corazón lleno y con el deseo de volver, algún día.
Escrito por: Jess De la Cruz
Directora de Ama Viajar.


