Durante meses escuchamos cifras millonarias, hoteles llenos y una derrama histórica. Hoy vale la pena preguntarnos si las expectativas estaban alineadas con la realidad.
Durante más de un año, el discurso fue prácticamente el mismo: México estaba a punto de recibir una de las mayores olas de turismo internacional de su historia.
Se hablaba de millones de visitantes, hoteles completamente vendidos, plataformas de hospedaje saturadas y una derrama económica que transformaría la temporada turística.
Las cifras eran enormes.
Algunas proyecciones hablaban de más de 5.5 millones de visitantes adicionales durante el torneo, más de 20 mil millones de pesos en derrama económica y miles de nuevos empleos relacionados con el turismo.
La expectativa también provocó otro fenómeno. Los hoteles que elevaron tarifas, había departamentos anunciados en plataformas de hospedaje temporal con precios nunca antes vistos. Propietarios que decidieron desocupar viviendas para rentarlas durante unas semanas convencidos de que la demanda internacional haría imposible encontrar alojamiento. Parecía que todo estaba listo para recibir una avalancha de viajeros.
Pero los primeros datos cuentan una historia distinta.
A pocos días del inicio del torneo, se comenzó a reconocer que la ocupación se encontraba por debajo de las expectativas iniciales. Mientras algunos estudios proyectaban niveles superiores al 80%, las estimaciones reales rondaban entre el 60 y el 65% en las ciudades sede, e incluso la Ciudad de México registraba reservas inferiores a las del verano anterior.
Esto no significa que no haya turistas. Los hay. Las calles se sienten diferentes.
Quizá la gran sorpresa no vino del extranjero, sino de casa. Mientras muchos esperaban una avalancha de visitantes internacionales, quienes realmente han llenado restaurantes, terrazas, plazas y experiencias turísticas han sido los propios mexicanos. Da gusto ver el ambiente en las ciudades, con familias, parejas y grupos de amigos apropiándose de la fiesta y demostrando que el turismo interno tiene una capacidad de respuesta enorme. Tal vez las cifras internacionales no estén alcanzando las expectativas que se anunciaron hace meses, pero el entusiasmo de los viajeros nacionales está sosteniendo buena parte de la actividad económica y recordándonos algo que a veces olvidamos: el turismo mexicano también tiene la fuerza para mover al país.
Lo que parece no haberse materializado es aquella idea de una ocupación total y una demanda prácticamente ilimitada que durante meses alimentó las expectativas de buena parte del sector.
Y quizá aquí vale la pena hacer una pausa. Porque el problema no necesariamente son los visitantes. Tal vez fueron las expectativas.
Durante meses se instaló la idea de que cualquier habitación disponible se vendería, que cualquier departamento encontraría huéspedes y que los precios podrían multiplicarse sin consecuencias.
El mercado, como suele suceder, terminó poniendo las cosas en perspectiva.
También hay otro factor del que poco se habló. Diversos representantes de la industria hotelera han señalado que una parte importante de quienes llegaron a México durante estos días ya tenía planeado viajar por otros motivos y simplemente coincidió con el torneo. Es decir, no todos los visitantes adicionales llegaron exclusivamente por el futbol.
¿Quiere decir esto que el evento ha sido un fracaso? Definitivamente no.
Sería apresurado llegar a esa conclusión cuando todavía quedan semanas por delante y miles de aficionados siguen moviéndose entre las sedes.
Además, reducir el impacto de un evento de esta magnitud únicamente al porcentaje de ocupación hotelera sería simplificar demasiado un fenómeno mucho más complejo.
En Ama Viajar seguimos convencidas de que el futbol es turismo.
Lo hemos dicho desde hace meses.
Un evento deportivo de esta escala mueve personas, activa destinos, genera encuentros culturales y coloca a México frente a los ojos del mundo.
Eso sigue ocurriendo. Pero quizá este momento también deja una lección importante para la industria. Los grandes eventos no garantizan, por sí solos, una bonanza automática. Las expectativas deben construirse con datos, no únicamente con entusiasmo.
Porque cuando las proyecciones se convierten en promesas, cualquier resultado parece insuficiente y el turismo, como cualquier otra industria, necesita algo más que optimismo. Necesita realidad.


