Durante meses se habló de millones de turistas extranjeros, hoteles llenos y una derrama histórica. Pero al final, quienes sostuvieron gran parte de la actividad turística fueron los propios mexicanos.
Durante más de un año escuchamos prácticamente el mismo discurso.
Que México viviría uno de los momentos turísticos más importantes de su historia, que millones de visitantes internacionales llegarían al país, que los hoteles se llenarían, que encontrar hospedaje sería casi imposible, que los restaurantes romperían récords y que cualquiera que tuviera una habitación disponible podía convertirla en un negocio.
La expectativa era enorme, pero ¿Sobreestimamos al turista extranjero y subestimamos al mexicano?
Quizá ese fue el primer problema. Porque conforme avanzaron las semanas, la realidad comenzó a verse muy distinta a la que imaginaba buena parte de la industria. Muchos hoteles reportaron ocupaciones por debajo de lo esperado.
Decenas de anfitriones que publicaron sus casas en plataformas de hospedaje nunca recibieron las reservaciones que esperaban y muchos restaurantes descubrieron que la derrama económica no llegó con la intensidad que se había pronosticado.
Los datos de la Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados (CANIRAC) ayudan a entender mejor lo que ocurrió.
El 70% de los restaurantes no registró un incremento general en sus ventas, mientras que el 60% calificó su desempeño como menor o mucho menor que el del mismo periodo del año anterior.
Además, 65% de los establecimientos afirmó no haber detectado una presencia significativa de turistas, y quienes sí los identificaron señalaron que representaban menos del 10% de sus clientes. Incluso, 55% reportó una ocupación inferior al 50% y la mitad de los encuestados calificó el impacto general del torneo como negativo o muy negativo. Fuente: CANIRAC, Encuesta Nacional sobre el desempeño de restaurantes durante el torneo internacional 2026.
Sin embargo, salir a la calle contaba una historia completamente distinta. Las terrazas tenían filas de espera, los bares donde jugaba la Selección Mexicana estaban a reventar, las plazas públicas se llenaban de aficionados vestidos de verde. Entonces… ¿Dónde estaba la diferencia?
Quizá la respuesta sea más sencilla de lo que pensamos. Los que estaban llenando muchos de esos espacios no eran necesariamente turistas internacionales. Éramos nosotros.Los mexicanos y eso abre una conversación mucho más interesante.
Durante meses asumimos que el visitante extranjero estaría dispuesto a pagar cualquier precio. Los hoteles aumentaron tarifas. Muchos departamentos en Airbnb duplicaron o triplicaron su costo. Las experiencias turísticas ajustaron precios, incluso comer en algunas zonas de las ciudades sede se volvió considerablemente más caro que unos meses antes.
México dejó de competir únicamente por la experiencia también comenzó a competir por precio y cuando eso ocurre, el viajero internacional siempre tiene alternativas. Puede quedarse menos noches, puede hospedarse en otra ciudad y en este mundial multisede incluso puede elegir otro destino.
Quien sí terminó pagando muchos de esos precios fue el mercado nacional.
Miles de mexicanos viajaron para vivir el ambiente, llenar los estadios, llenar restaurantes, asistir a eventos, visitar fan zones o simplemente formar parte de una celebración que también sentían suya.
Paradójicamente, el turismo interno volvió a demostrar algo que la pandemia ya nos había enseñado. Cuando la industria lo necesita, el mexicano responde y responde con fuerza.
Pero esta historia también deja una lección para el turismo.
Durante mucho tiempo hemos medido el éxito de un gran evento por la cantidad de boletos vendidos o por el número de visitantes esperados, quizá (Como lo indica CNIRAC), estamos haciendo la pregunta equivocada.
La verdadera conversación debería centrarse en cuánto tiempo permanecen esos viajeros, cuánto consumen, qué experiencias viven y cómo logramos que su viaje vaya mucho más allá de un partido. Porque un aficionado no siempre es un turista y un turista no necesariamente consume como imaginamos.
Los grandes eventos siguen siendo una oportunidad extraordinaria para posicionar a México ante el mundo. Eso no está en duda, lo que sí merece una reflexión es la estrategia que construimos alrededor de ellos:
¿Diseñamos experiencias para que los visitantes quisieran quedarse más tiempo? ¿O simplemente asumimos que llegarían solos?
Quizá la mayor sorpresa de estas semanas no fue que faltaran turistas internacionales.
Fue descubrir, una vez más, que quienes sostuvieron buena parte del ambiente, del consumo y de la fiesta fueron los propios mexicanos.
Y eso también merece ser contado.
Porque mientras todos esperaban que el mundo viniera a descubrir México…fueron los mexicanos quienes volvieron a demostrar que nadie viaja por su país como ellos.
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¿En dónde están, en dónde están esos turistas que iban a llegar?


